1860. Italia Nació en Teano

Mucha gente de aquel pueblo de Teano vio, aquella mañana del 26 de octubre, cómo por un lado y por otro del lugar se acercaban muchos soldados, casi todos a caballo, algunos con plumas en el casco.

Cerca del puente de Caianello, de ambos grupos se destacaron dos jinetes, uno sobre caballo blanco y otro sobre negro. El del caballo negro llevaba barba, bonete bordado y una camisola roja cubierta por un capote azul. El del caballo blanco iba de uniforme militar con kepis, guerrera negra y botonaduras doradas, y lucía unos asombrosos bigotes.

Cuando ambos se vieron, el del caballo negro (el masón Giuseppe Garibaldi) se quitó el bonete, lo agitó en el aire y gritó: “¡Salud al rey de Italia!”. El del caballo blanco, Víctor Manuel II de Saboya, respondió: “¡Salud a mi mejor amigo!”. Y ambos se dieron la mano.

Garibaldi, que acababa de conquistar el reino de los Dos Sicilias gracias a la audaz Expedición de los Mil, ponía su ejército y sus conquistas a disposición del hombre que había de unificar Italia y que pocos meses después, el 17 de marzo de 1861, sería proclamado en Turín rey de toda la nación. Víctor Manuel no era él mismo masón (al menos no está documentalmente probado) pero su monarquía fue apoyada por los Liberi Muratori

La unidad de Italia cerraba décadas de guerras y siglos de taifas territoriales, y se logró gracias al esfuerzo de muchos masones, entre ellos (además de Garibaldi) Camillo Benso, conde de Cavour. Como es lógico, aquella unidad se logró privando a la Santa Sede de sus amplios territorios, llamados los Estados Pontificios. La Iglesia nunca lo perdonó y culpó directamente a la Masonería de aquel expolio sin el cual Italia no habría existido. Las iracundas bulas de Pío IX, León XIII y Pío X contra los masones tienen su origen en aquel glorioso hecho que hizo nacer una de las más grandes naciones de Europa.